miércoles, 28 de octubre de 2015

La belleza natural y artificial

Muchas veces cuando se habla de lo bello, los ideales de belleza, la estética, etc. las reflexiones suelen giran en torno a aquellas obras o productos producidos por el ser humano. Los recursos para valorar la belleza de este tipo de obras pueden estar en función de sus proporciones, si se adecúan o no a la norma de determinada época, si se corresponden o no con la realidad… Esto implica al menos dos cosas: la primera, que la belleza de una obra está en parte determinada por el sujeto que la contempla o admira y no tanto de aquél que la ha llevado a cabo; y la segunda, que una obra humana puede no ser bella (ya que si no cumple los criterios establecidos no se le puede aplicar ese calificativo)
                Una vez aclarado esto, en el fragmento escogido del nuevo testamento se habla de lo que algunos autores (entre ellos padres de la iglesia de oriente) definen como otro tipo de belleza, la belleza de la naturaleza. Pero ¿realmente es otro tipo de belleza? Y si es así, ¿en qué se diferencia y por qué? ¿se le pueden aplicar los mismos criterios o tienen características distintas?
En primer lugar, no son dos tipos de belleza diferente, o al menos no debería haber dos tipos diferentes de belleza puesto que el concepto de belleza es ideal y como ideal no puede no ser único. Lo que sí ocurre es que existe una diferencia clara en nuestro propio pensamiento entre todo aquello que hacemos o somos capaces de hacer los seres humanos y el resto, a lo que llamamos naturaleza. Sin embargo, en relación a la belleza, nuestra primera capacidad de asombro ante ella viene precisamente de la naturaleza. Seguramente el primer ser humano que pensó en algo parecido al concepto de bello no lo hizo por admirar un tótem o una pintura en una cueva, sino por mirar al cielo una noche de luna llena. Por tanto, a pesar de que nuestro concepto de belleza se dirija en la mayoría de las ocasiones hacia lo humano, es en la naturaleza en la que seguramente surgió.

Por otra parte, esa manera de pensar en la que diferenciamos nuestras obras del resto, nos hace tener criterios distintos para admirar ambas cosas. Si, como se ha comentado en el primer párrafo, la belleza de las obras humanas depende en parte del observador y puede haber obras no bellas, en el caso de la naturaleza ¿puede ser no bella? ¿deja de serla porque no observemos? ¿la naturaleza es bella por el mismo acto de ser o depende de otros valores como en las obras humanas? En algunas ocasiones se han asemejado ambas formas con los conceptos de obras humanas/obras de Dios, y puesto que como la idea de Dios es una idea de absoluto, su obra debe ser necesariamente bella. Sin embargo, si omitiéramos de la valoración al creador de cada una de ellas, ¿seguiríamos juzgándolas igual?




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