Muchas veces cuando se habla de
lo bello, los ideales de belleza, la estética, etc. las reflexiones suelen
giran en torno a aquellas obras o productos producidos por el ser humano. Los
recursos para valorar la belleza de este tipo de obras pueden estar en función
de sus proporciones, si se adecúan o no a la norma de determinada época, si se
corresponden o no con la realidad… Esto implica al menos dos cosas: la primera,
que la belleza de una obra está en parte determinada por el sujeto que la
contempla o admira y no tanto de aquél que la ha llevado a cabo; y la segunda,
que una obra humana puede no ser bella (ya que si no cumple los criterios
establecidos no se le puede aplicar ese calificativo)
Una
vez aclarado esto, en el fragmento escogido del nuevo testamento se habla de lo
que algunos autores (entre ellos padres de la iglesia de oriente) definen como
otro tipo de belleza, la belleza de la naturaleza. Pero ¿realmente es otro tipo
de belleza? Y si es así, ¿en qué se diferencia y por qué? ¿se le pueden aplicar
los mismos criterios o tienen características distintas?
En primer
lugar, no son dos tipos de belleza diferente, o al menos no debería haber dos
tipos diferentes de belleza puesto que el concepto de belleza es ideal y como
ideal no puede no ser único. Lo que sí ocurre es que existe una diferencia
clara en nuestro propio pensamiento entre todo aquello que hacemos o somos
capaces de hacer los seres humanos y el resto, a lo que llamamos naturaleza.
Sin embargo, en relación a la belleza, nuestra primera capacidad de asombro
ante ella viene precisamente de la naturaleza. Seguramente el primer ser humano
que pensó en algo parecido al concepto de bello no lo hizo por admirar un tótem
o una pintura en una cueva, sino por mirar al cielo una noche de luna llena.
Por tanto, a pesar de que nuestro concepto de belleza se dirija en la mayoría
de las ocasiones hacia lo humano, es en la naturaleza en la que seguramente
surgió.
Por otra
parte, esa manera de pensar en la que diferenciamos nuestras obras del resto,
nos hace tener criterios distintos para admirar ambas cosas. Si, como se ha
comentado en el primer párrafo, la belleza de las obras humanas depende en
parte del observador y puede haber obras no bellas, en el caso de la naturaleza
¿puede ser no bella? ¿deja de serla porque no observemos? ¿la naturaleza es
bella por el mismo acto de ser o depende de otros valores como en las obras
humanas? En algunas ocasiones se han asemejado ambas formas con los conceptos
de obras humanas/obras de Dios, y puesto que como la idea de Dios es una idea
de absoluto, su obra debe ser necesariamente bella. Sin embargo, si omitiéramos
de la valoración al creador de cada una de ellas, ¿seguiríamos juzgándolas
igual?

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